13.5.12

Antropología Urbana y dominguera (o "El otro Buenos Aires")

Como algunos domingos, después de un rico desayuno me propuse ir a descubrir un rincón más de la Buenos Aires no turística. Destino: Pompeya y la nueva estación Caseros de la línea H.

Fronteras
Soy un fanático de las fronteras. Soy un maniaco de la observación y aunque es posible que algún día me gane un mal premio por andar observando y fotografiando donde no debo, igual lo haré. Me parece que ninguna ciudad está completa si no conoces la parte que no se ve en el Bus turístico o en los folletos.

Hace tiempo descubrí en Flores aquel restaurant -a puertas cerradas- coreano, donde sólo se habla ese idioma y lo único que saben es traer platos y más platos que nunca lográs terminar; al lado, a unas cuadras, el barrio boliviano, con su mercado en donde te venden pollo frito, empanadas y ropa barata.

Lo de hoy fue distinto.  Me embarqué en el imaginario: hace algunos años vi una película ("El Chino"), en la que se hablaba del barrio de "Pompeya" y como ahora los anuncios del gobierno de la ciudad dicen que Caseros "ya está en la ciudad" (porque ahora el Subte llega hasta ahí), me decidí a visitarla.

Todo comienza en el Parque Patricios, último punto de la línea H. Desciendes y después de caminar un poco por el parque que tiene decenas de árboles tirados y está cerrado por "obras",  pasas por un pequeño plantón de vecinos que se quejan porque parece que a Macri (el intendente de la ciudad) se le olvidó que el parque también es parte de Buenos Aires.

Luego, como en esas excursiones, tomo el rumbo por el que circula menos gente. Así llegué a la Nueva Pompeya, barrio obrero, barrio bien argentino (¿Qué es ser argentino?). Ahí aún no llega el futuro ni se va el pasado. Empresas cerradas; gente que te vende empanadas en la esquina de un espacio baldío (2,50 mientras en cualquier panadería valen 4,00); basura por doquier. Sombrío, un poco estresante estar solo y ser  observado por ojos que viven en la calle, que sólo tienen su casa de cartón, un carro de supermercado con sus pertenencias, una botella de cerveza en la mano. Mi Buenos Aires querido...

Así no es Palermo ni Recoleta; así no es el microcentro. Vaya que esa sí es Latinoamérica. Jodida como mis ciudades venezolanas; paupérrima como los suburbios bogotanos; desolada como los conos limeños; ruda como mis pueblos jóvenes chilangos...  

Después de caminar por calles vacías un rato y descansar en un parque, vuelvo haciaeal Parque Caseros pero pierdo un poco mis pasos. Me encuentro con un mercado de ropa vieja, de artículos usados. Vaya que uno encuentra sorpresas por la ciudad. La basura se alterna con los zapatos viejos que se venden, con el teclado de computadora usado, con el curso de inglés que funciona con cassettes magnéticos: ¿Quién dice que América Latina no recicla? Lo que a ti no te sirve es útil a otros acá... y su única transformación fue un poco de jabón o unos tornillos sustituidos. Campeones de las tres "R".
















Cultura urbana.
Un poco más adelante, "salientras" de lo más jodido a lo menos jodido: la ropa vieja no se vende en plásticos en la calle. Ahora hay puestos y en el Parque Patricios la gente sale a cazar la moda por cuarenta pesos; a reparar sus zapatos por diez. Peruanos, argentinos, bolivianos, tucumanos, entrerrianos. No, no todos los argentinos son rubios y se hacen el peinado por cien pesos; algunos compran la verdura de la semana con eso.

Y ahí, justo ahí, mientras caminas, por la ventana de la casa puedes ver una enorme pantalla de televisión en la que Doña Florina y Don Ramón hacen una apología de la pobreza. "Qué bonita es mi vecindad..." Tan lindo el Chavo, que vive en su barril y es feliz. ¿No? Pero por suerte, tenemos a Don Ramón: es leyenda...  y Jesucristo es el señor.