9.4.13

[Reseña] Bolivar, de Lynch. Historias pasadas, pasados que regresan (2/3)

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Después de un fuerte trabajo durante el día y de una frugal cena en un pueblo cercano a Toluca, me di cuenta cómo algo tan simple como lavarte las manos con un jabón desconocido te puede llevar de vuelta a tu pasado: los olores me regresaron a la Francia de mi infancia. Curiosas asociaciones, las de los sentidos.

Pero ese no era el punto. Sigo contando la historia de Bolívar según Lynch.

El Glorioso (como le llamara alguna de sus amantes) dejó Colombia para liberar Ecuador. No hacerlo suponía un riesgo de invasión desde el sur. En Guayaquil se encuentra con San Martín y no consiguen ponerse de acuerdo (¿Quién ha visto a un argentino ponerse de acuerdo con un venezolano? Ups, respondan los que quieran) porque uno quiere al puerto para Perú, el otro para Colombia. El asunto es que San Martín decide dejar el camino al Libertador (“Bolívar y yo no cabemos en el Perú”), quien pronto se arrepentirá de su paso por el Perú: país complejo en el que los realistas luchan contra los liberales y al mismo tiempo los indígenas contra los criollos, pero prefieren a los conservadores antes que abrirle la puerta a los colombianos. ¡Ay, mi Perú, siempre tan indeciso!


Las palabras de Bolívar para los peruanos son duras (así uno entiende porqué no lo quieren). “La diferencia es que esto no es Colombia y yo no soy peruano: quiere decir esto que en el Perú no se pueden hacer las cosas como en Colombia y yo, en calidad de colombiano, menos aún, porque siempre seré extranjero y siempre excitaré los celos o la desconfianza de estos señores… He llegado a arrepentirme de haber venido”. Más adelante dirá que para a liberación del Perú “ya no hay que contar más con chilenos y argentinos, y estos peruanos son los hombres más miserables para la guerra….”

  Era el Perú un escenario de ejércitos de ocupación que querían liberar a una nación que no se quería liberar de sí misma. Analogías, analogías y recuerdos del pasado que se hace presente: hoy, ejércitos de ONG y cooperación internacional también tratan de liberarle de sí mismo… pero continúan sin preguntarle si él mismo lo quiere.

  Con todo, Bolívar vivió, disfrutó y sufrió el Perú. Las tuvo buenas, tristes y malas. Al final, después de reunir a un ejército multinacional que se componía de irlandeses, colombianos y “una caballería incomparable, compuesta de gauchos argentinos, huasos chilenos y llaneros venezolanos y colombianos” (…y hasta reclutas peruanos comandados por La Mar), todo se preparó para las batallas de Ayacucho y Junín. Vaya rol contradictorio, el de este país de los Andes, que sin querer revolucionar terminó prestando su pampa para la batalla final de la emancipación latinoamericana.
Antes de terminar los 20 minutos de escritura que recomienda el Consejo Mexicano de la Publicidad, una transcripción más que quiero dedicar a una gran amiga que justo días atrás se quejaba fatídicamente de su destino migrante, apenas compensado por el amor. Esto, sólo para mostrar que el humano es así: inconforme hasta las cachas.

Son las letras de Manuelita Sáenz escribiendo a su marido que no quiere volver a sus brazos: y prefiere quedarse en los de Bolívar:
  “No, no, no, no más, por Dios. ¿Por qué hacerme U. escribir faltando a mi resolución? Vamos, ¿qué adelanta U. sino hacerme pasar por el dolor de decir a U. mil veces no? Señor, U. es excelente, es inimitable, jamás diré otra cosa sino lo que es U. ¿me cree U. menos honrada por ser este general mi amante y no mi marido? ¡Ah!, yo no vivo de las preocupaciones sociales, inventadas para atormentarse mutuamente. Déjeme U., mi querido inglés. Hagamos una cosa; en el cielo nos volveremos a casar, pero en la tierra no… Como hombre U. es pesado. Allá todo será a la inglesa, porque la vida monótona está reservada a su nación. El amor les acomoda sin placeres, la conversación sin gracia y el caminado despacio, el saludar con reverencia, el levantarse y el sentarse con cuidado, la chanza sin risa… Basta de chanzas; formalmente y sin reírme; con toda la seriedad, verdad y pureza de una inglesa, digo que no me juntará más con U.”
  ¿Y luego alguien se atreve a decir a mis favoritos Molotch, Freudenburg y Paulsen que no está de acuerdo con que la tradición y las asociaciones temporales nos construyen como culturas y que la historia siempre se repite?  Latinoamericanos puros. ¡Y ojalá y hubiera más Manuelitas Sáenz y un par de Bolívares del siglo XXII! Seguiremos el raconto de este libro.