24.8.13

[Reflexiones] Llegada a Oaxaca

El día 20, después de una larga semana que incluyó hospitalizaciones de familiares y condiciones de salud lamentables, terminé de empacar y tomé el camino de Oaxaca. La ayuda de viejos amigos y parientes queridos fue indispensable para armar, cargar, trasladar e incluso donar piezas que hoy hacen la casa del Andaryego (vaya oximoron: casa para un andaryego).

Los primeros días en la ciudad han sido muy activos, sobre todo por la necesidad de poner el aposento en orden y no es sino hasta ahora -la tarde de sábado- que puedo disfrutar del primero de muchos cafés que quiero tomar en el centro de la ciudad.



A partir de la semana siguiente comenzaré a hacer las presentaciones a la elite local e intentaré la inserción al medio. Todo parece indicar que no es imposible, pero también que la economía de la región no es fácil y que habrá que buscar y buscar formas: clases? Una asociación? Comercialización? Consultoría local? Base para moverse en otras partes del país? Por ahora las ideas revolotean como las mariposas que se anunciaban en un mariposario de Huatulco.

En fin, mientras paladeo este delicioso café, pasan cientos de personas por la plaza y siento entre ellas las musas que pueblan mi imaginería de escritor y fotógrafo. Están más cerca que en los últimos años, tienen caras de indígena, de viejo que arrastra los pies en sus guaraches, de pareja que discute, de gringo que descubre y de vendedora de collares. Es Oaxaca, es México es un país de contradicciones y esperanzas. Necesito otro café.