28.4.15

[Reflexiones] Sobre el arte de callar. Cuento-realidad

Mis dos abuelas eran especialistas. Sabían abrir la boca en las ocasiones apropiadas: nunca antes, nunca después. Eran tan diferentes y no obstante, compartían esa habilidad de callar y bajar mirada y orejas como Yoda frente a Luke, o como niño regañado que enfoca al piso contando las hormigas mientras registra todo en aquella imborrable parte del subconsciente. 

Y sin embargo no dejaban de decir lo que pensaban, un poco como Galileo que capituló pero les dijo que sin embargo, se movía. Así eran mis abuelas: vaticinaron la desintegración familiar y la llegada del anticristo familiar como el oráculo dijo que Roma ardería. Sabias, sabias, viejas sabias. Pero nunca lo dijeron en voz alta porque no querían dejar de ser las dulces abuelas. Sólo un par de miradas cómplices o una tarde acompañándolas frente a las novelas podían hacerlas hablar. Cuando entendías sus expresiones te dabas cuenta que dialogaban -literalmente- hasta por los codos. Pero nadie, salvo un par de observadores, lo sabía.


Mis abuelos lo intentaban, pero eran vulnerables a los grados Gay Lussac: superada la dosis, soltaban la sopa y entonces venían las puteadas, las recriminaciones y los argumentos. Pero ellos tenían otras armas: el testamento de su lado. De esta forma, el peso del reclamo era directamente proporcional al número de ceros que esperaban de él. Trágico y enigmático juego: tu juegas a callarte, yo juego a que te creas que me callo, habría dicho Luz Casals... Y no me importa nada.

No sé por qué, pero suelo asociar esta habilidad a los viejos. Sé que estoy equivocado. La de ellos era pereza de debatir, exceso de conocimiento, miedo a la soledad y quién sabe qué otras razones. En cambio, otros callan por distintos motivos: una amiga me dice que desde su europeidad le es imposible decir las cosas como le salen, porque ya ha perdido a más de tres amigos mexicanos. Miénteme -dice David Gahan, el vocalista de Depeche Mode- pero hazlo con sinceridad. Así que calla para no herir. Yo hago lo mismo: un día evité decirle a mi novia que tenía un perejil en la boca y salvé el momento, pero la perdí de por vida, pues no pude volverla a besar. A veces callo por escrito y prefiero no opinar sobre la ortografía, la redacción, las ideas o el morbo de mis amigos. Si me quedan tres... ¿para qué obligarlos a quedarse sin mí?

Hace años Charlotte me rodeó con sus brazos y me pidió que me fuera con ella. Callé y me quedé. Después me arrepentí, viajé por el mundo, me fui a estudiar a Pamplona, luego fui diplomático de primer nivel y esperé horas, meses, días, años y minutos -no sé en qué orden-. Y cuando volví por ella, calló su matrimonio, calló sus hijos y su estado anímico. Hasta que estallaron y nos devolvieron a la realidad: callar no deshace los compromisos.

Allá por esos tiempos de diplomacia, Felipe calló a Hugo. Por imprudente y por sincero. ¿Dónde termina la sinceridad y comienza la imprudencia? Justo en el momento en que el rictus de tu interlocutor pasa de la impavidez a la mueca: se infla la nariz, se abren los ojos, se afloja la boca, y uno ya no sabe si lo que hay es un problema gástrico o anímico. A veces las lágrimas hacen pensar en un estreñimiento, pero los que hay es un extrañamiento: "si tú nunca me habías dicho cosas así..." Bendito arte de callar. 

Debe ser por eso que existen los mecanismos de retroalimentación anónimos: para abrir una válvula de escape al peso social; para liberar las reacciones violentas; para permitirnos decir aquello que no podemos callar más: ¡tu comida es horrible, eres un retardado, ya no te amo, tu aliento verde sabe a dinosaurio! Herramientas para gritar sin ser visto y hacer catarsis desde el personaje ficticio. Twitter, Facebook, Blogger... Utensilios de quienes devoramos nuestras palabras. 

¿Qué pasaría si nuestros políticos tuvieran ayudantes que les dijeran lo que piensan realmente de ellos? ¿Lograríamos la fórmula del cambio? Habla para siempre y no calles ahora. Me temo que buscarían nuevos aduladores. ¿Y si hubiera más gente sincera que zalameros ? Tendrían que tragar mordidas de realidad, estarían obligados a escuchar frases sinceras y terminarían por darse cuenta que no, nadie los quiere en su colchón, no son guapos y su falta de erudición literaria no es digna de presunción. Si tan solo el peso social estuviera un poco más devaluado... 

Y es que el-peso-social-pone-bozal. Mis abuelas callaban, muchos callamos. Tal vez nos decimos prudentes, pero en realidad tememos la discusión. Nos aterra el debate. Nos gana el color del billete. Estamos mejor con la inmediatez que frente al riesgo de lo desconocido. Al consultor frecuentemente lo verás callar: demasiado silencio es malo, pero muchas opiniones dañan; calla pero di lo que quieren escuchar; di lo que quieras, pero ponlo entre líneas y deja que los elegidos lo descubran, reflexionaría Eco.

Borges tiene un gran texto sobre el arte de injuriar, pero no dice que enmudecer también sea un atentado. Yo creo que sí. Callar rompe el debate, deja al interlocutor en un triste monólogo del que sale tan victorioso como el rey que iba desnudo y todos se mofaban mientras se enorgullecía de su ropa invisible. Dañas más callando que hablando. 

Sí, finalmente volvemos a la pregunta sobre la sinceridad y la imprudencia: ¿dónde está el límite o quién lo marca? ¿No es excesivamente contradictorio? A veces callar es el mejor mecanismo de autodefensa y permite huir por la zona discreta; en otras ocasiones hacer silencio ante una mentira te puede granjear la acusación de cobarde; y por otro lado cuando callas ante una verdad, puedes ser visto como sabio. En eso estriba el arte de callar, en decidir si quieres ser imprudentemente sincero o sinceramente imprudente.