30.11.15

[Road Story] Pero la esencia se mantiene...

El tema de la "esencia de uno" fue motivo de discusión durante buena parte del fin de semana. Un fin de semana sin duda particular porque reunió a dos viejos amigos en un viaje que trajo reminiscencias y discusiones pendientes. El resultado es este post, que utiliza el anecdotario personal para debatir si después de muchos años seguimos siendo los mismos.

La primera moto que manejé era una Vespa Piaggio de 40cc. La compró mi padre porque quería ir en ella al trabajo, pero pronto se dio cuenta que hacía frío, que el motor era pequeño y que era mejor dejarla en casa. Así aprendí a cambiar bujías, mezclar gasolina y aceite y darme los primeros golpes. Tenía nueve años.


En la escuela secundaria, por artes de la casualidad conocí a uno de mis mejores amigos. Coincidíamos en muchas cosas: las iniciales de nuestros nombres y apellidos, la libertad que nos daban nuestros padres para ir de fiesta y viajar, nuestros gustos por ciertas chicas y claro, la pasión por las motocicletas (hacia los 17 él tenía una Kawasaki EX500 y yo tuve mi primera Honda Nighthawk años después). Hasta nos liamos a golpes un par de veces, pero la amistad -vaya usted a saber por qué- se mantuvo y subsiste.


Pero él se casó a los 22 y yo sigo soltero; tiene un negocio -para siempre- en nuestra ciudad natal y yo la abandoné hace 15 años; ama el futbol y la televisión, mientras para mí son opiáceos de la sociedad. ¿De qué podríamos platicar a los 42? ¿Qué podría resultar de un viaje de tres días juntos? Después de tres meses de fijar la fecha, decidimos que iríamos en moto. Él primero llegaría hasta Oaxaca, y ahí yo me uniría en la mía para moveríamos a Puerto Escondido. Y así fue. 1750 kilómetros para él y unos 650 para mí, en cuatro días.

Lo primero que aprendí es que aún soy capaz de ver dos partidos de futbol al hilo sin prestar la mínima atención ni recordar quién ganó o perdió. También que puedo hacer reflexiones doctorales y que mis argumentos pueden ser rápidamente tirados por la borda por el pragmatismo de mi compadre.  Igual, comprobé -una vez más- que la motocicleta es el mejor medio para hacer un viaje entre "Bikers independientes": uno se adelanta y acelera como sintiéndose parte de un rally, mientras el otro se queda atrás, toma su ritmo y se para a fumar tantos cigarros como le da en gana. Al final, el de adelante se detiene a esperar y el de atrás alcanza. Cero discusión, solo una seña de ok, una breve charla sobre los eventos del camino y a continuar. 

Después de mi accidente motociclístico hace casi dos años no había vuelto a hacer un viaje largo. Seguramente por eso disfruté cada kilómetro: curvas, humedad, topes, huecos, rebases, frenadas, paradas para comprar agua, cargar gasolina, silencios, pensamientos del camino. Este viaje me hizo olvidar prácticamente que me había accidentado y de algún modo fue un reencuentro con La Alebrija, mi moto. 

Mientras discutíamos en la playa surgió el tema central de este post: a pesar de todos esos años, ¿nuestra esencia es la misma? Mientras él insistía que así era, yo debatía que no era del todo cierto. 

Tuve que reconocer más de tres veces que en efecto, el tema de la motocicleta, el amor por el futbol, la pasión por los viajes y hasta el gusto por la discusión son parte de nuestra esencia, pero me resisto a reconocer que soy el mismo de hace 20 años. ¿Para qué el estudio, qué caso tenía casarse, si al final terminaríamos siendo los mismos de entonces? Es verdad, desde los 17 escribo y tengo libretas personales de notas, pero según yo, los contenidos son otros. En una época me dio por hacer cuentos, en otra ensayos, notas políticas en un hebdomadario local y el doctorado me dejó prácticamente seco de ideas: tuvo que pasar más de un año para que me atreviera a producir textos más largos. 

Si la esencia es escribir, entonces sí, se mantiene. Pero me parece muy vasto -tal vez solo quisiera que fuese más específico-. Es más, en este mismo momento busco el término "esencia" en mis lecturas. Al no hallarlo se me ocurre "sustancia", usado por Latour, pero aunque no se trata de lo mismo, me lleva a la referencia circulante, como llama a estos símbolos que se refieren a objetos aunque no los contengan físicamente: un jugo de manzana de Coca Cola es solo un código de barras en una hoja de inventarios, por ejemplo. La esencia para mí es como esa referencia: se mantiene, explica algo y habla de él, pero no es lo mismo.

Viajo desde los dos años -o al menos eso me cuentan- y todos reconocen (¿o denuncian?) que tengo ese vicio. Podría reconocer que en esencia soy un viajero empedernido, pero también debería decir que mis viajes son distintos, por más que contengan invariablemente un poco de fiesta, descubrimiento y búsqueda de nuevos contactos: a los veinte podía conocer lindas chicas y ahora me dicen señor; aunque me encanta ir de fiesta, ahora no soporto la canción del taxi o La ventanita de Garibaldi (pero confieso que sería capaz de bailarla si una linda chica me lo pide); este año tuve un par de viajes, todos relacionados con trabajo, salvo el de este fin de semana. Antes viajaba para conocer los sitios arqueológicos o históricos, ahora prefiero ir de visita a casa de amigos.

Así que si la esencia es esa cosa que gruesamente te describe como viajero, honesto, fiestero, sociable, intelectual, nerd, futbolero, desordenado, dramático o despreocupado, entonces debo coincidir con mi homónimo de siglas que sí, se mantiene. Pero, ¿significa esto que a nuestros políticos les enseñaron la esencia del robo desde pequeños? Esto me hace reflexionar que si en algo interviene el tiempo y los aprendizajes, entonces es posible que algunas cosas cambien: que el que era tímido haya encontrado en su dinero -o en su éxito profesional- la seguridad para ser un conquistador, o que el borracho se haya convertido en devoto de la AA; y hasta que los del partido en el poder no hayan nacido en esencia, con orejas, bigotes y dientes de rata.

Si algo me parece que podría confirmar es que en la medida que uno penetra en el túnel de los cuarenta las neuronas y sus canales neurotransmisores se endurecen: la información solo fluye en ciertos sentidos y nos hacemos más testarudos. Así como la fruta que en un inicio es verde, la cabeza también madura y con frecuencia endurece. De este modo nos convertimos en testarucos (por testarudos y rucos) o en adolescentes reincidentes. Hace unos días pensaba que nos hacemos más decididos, pero ahora solo pienso que reducimos las opciones de debate y nos resguardamos en nuestra burbuja.

Por cierto, aunque sé que al 70% de mis 10 lectores el futbol les dice lo mismo que a mí, me permito compartir que en el futbol siempre hay finales (aunque antes se llamaban cuartos de final) y campeonatos (del futbol beréber, la UEFA, la CONCACAF o de las ex repúblicas de la URSS), todos hechos con la misma esencia: distraer al pueblo de los asuntos más importantes del país o venderle algo que no necesitan. Lo mismo sucede con las amistades que uno hace en la infancia o adolescencia: la esencia -lo grueso del yo- se mantiene, aunque las barbas y las canas ya estén donde antes todo era monocromático y lampiño, pero muchas cosas se modifican.