28.8.16

[Reseñas]  "Vagabundo en Paris y Londres" de Orwell [Down and Out in Paris and London] o una anatomía de la pobreza en el siglo XX

P. lo tenía en su librero y un día que la fui a buscar para ir a comer me lo encontré ahí, perdido entre algo de Borges, una guía de Lonely Planet y la Historia sin fin. ¿Orwell aquí? -me dije. Resulta que alguien se lo había recomendado pero cuando leyó el prólogo, se atoró y lo dejó ahí guardado y en la página 10, donde señalaba la solapa. "Me lo llevo", le dije. "Ya te contaré si está bueno..." Y lo devoré, como pobre que encuentra pan en la banca de un parque. 

Efectivamente, el prólogo no hace necesariamente honor al texto. No por malo, sino porque es demasiado académico. Carlos Villar desmenuza a Orwell y su vida; cuenta que vivió en Birmania y que antes de escribir aquello que de él conocemos (1984, Homenaje a Cataluña, La rebelión en la granja) se fue a hacer vida de pobre durante un par de años a París e Inglaterra. Como Jack London, a quien cita en algún momento, Eric Arthur Blair (nombre real de Orwell, que ocultó su apellido para evitar pena familiar) también quiso vivir antes de escribir. Y por supuesto, el resultado es un libro perfectamente etnográfico que cualquier antropólogo podría citar a sus alumnos. 


Son trescientas y algo de páginas. Orwell inicia de lleno en la jodidez del albergue des Trois Moineaux, en París, relatando cómo son las habitaciones de los pobres en 1930: unos cuantos metros cuadrados, una pequeña cama llena de chinches que circulan entre habitaciones, según la fórmula que empleé el huésped para deshacerse temporalmente de ellas y enviarlas al cuarto contiguo, un par de mudas de ropa y una promiscuidad que asustaría al mismísimo Henry Miller o a Georges Bataille.

En la medida que avanza el relato, el autor cuenta cómo cae lenta e irremediablemente en la pobreza: se le acaban los clientes que quieren clases de inglés, por consiguiente tiene que empeñar su ropa, lo que significa que cuando lo buscan para dar una nueva clase no está presentable y no lo contratan, entonces tiene que dejar de comer para pagar el alquiler, lo que lo lleva a un difícilmente superable estado de inanición y cada vez más al fondo de la espiral social.

Por suerte se encuentra con Boris (no Yelstin, sino uno sin apellido), veterano ruso de la guerra, quien lo anima a buscar trabajo juntos, compartir mendrugos de pan y vivir una buenas borracheras cuando logran hacerse de algunos francos. La vida del pobre: saltimbanqui, multiusos, desarrapado, nómada, emigrado del mundo y marginal de la sociedad. Después de eso que llama tocar fondo, terminan contratados en el Hotel X, uno de los mejores doce de la ciudad. 

Trabajan en la cafeterie, el área de más bajo nivel en el restaurante; Orwell como plongeur, literalmente una especie de ayudante de todo: la peor escala social del mundo gastronómico. Hay que limpiar, lavar, atender a los meseros y cubrir órdenes de todo tipo. Esta es sin duda la parte más rica del libro: la descripción de los puestos, de la sordidez en la que se vive en los sótanos de los mejores hoteles y restaurantes, de los acuerdos, de los robos, de las escalas sociales -entre los que no tienen nada. Uno sentiría que está leyendo a John C. Scott y su Weapons of the Weak, radiografía de los campesinos indonesios de los años setenta. 

Orwell irá después a trabajar en otro restaurante de un amigo del ruso y terminará por pedir ayuda a un amigo en Inglaterra para que le auxilie a volver a la isla de las libras esterlinas. No soporta el hedor, las diecisiete horas de trabajo al día, las mentadas de madre y el continuo estado de borrachera de la plebe, que no encuentra otra forma de diversión -y de olvido de su pobre situación-. Necesita salir de ahí. 

Y pasa entonces a la Gran Bretaña, donde el amigo le cuenta que la oportunidad laboral se esfumó. Después de pedirle unas cuantas libras prestadas, nuestro autor se dedica otras semanas a vivir entre los vagabundos ingleses, escoceses, irlandeses y de otras nacionalidades que se ven, por ley, forzados a moverse todos los días de albergue, impedidos de dormir en la calle: "por ley, uno no puede estar acostado en la noche por las calles, tiene que estar sentado, so pena de ser detenido" y durante el día, no puede sentarse en la calle ni mendigar. Vagabundear, oficio sin oficio, pero también codificado en las leyes de su majestad. Vaya modo de producción de pobres, el de nuestra sociedad. 

Conoce pintores de la calle, vagabundos consuetudinarios y marca las visibles diferencias entre el mundo inglés -más ordenado, estructurado, reglamentado y aburrido- y el francés -desparpajado, latino, desregulado, y sombrío pero más entretenido-. Orwell realiza una deliciosa etnografía que uno saborea a pesar de sentir las chinches recorriéndole el cuerpo, lo nauseabundo de las cocinas e incluso las porquerías por las que pasa tu Chateaubriand antes de llegar, impecablemente presentado, a tu mesa. Sin duda, un documento que no se podría hacer si no se hubiera pasado un tiempo ahí, en la mitad de la mierda, de los desarrapados de la sociedad, de los bastardos del sistema. 

De algún modo me hizo pensar en ese libro que me prestó Laurence hace muchos años: "Ensemble, c'est tout" de Anna Gavalda, aquel que cuenta, en una novela mucho más ligera, la vida de un cocinero, la novia que va y viene, e historias de personajes que simplemente jamás habrían coincidido en la vida, si la vida no fuera siempre tan hijoeputa como para hacer que de pronto te topes con quien menos tenías pensado. 

Ése, también lo debería leer la P. 

Dejo por aquí dos audios (1) (2) que hice del libro, como para compartirlo con los amigos de otro modo. 

Orwell, G. 2010 [1933] Vagabundo en París y Londres [Down and Out in Paris and London]. Menoscuerto ediciones. España. 304pp.