18.2.17

[Viajes] Un viaje más al desarrollo: Rupununi, Guyana, Sudamérica. Parte 3 y última.

Tercera parte de un texto dedicado a un viaje por Guyana. Reflexiones de desde la capital, Georgetown y recorrido por sus calles. [La primera parte, la encuentras aquí]
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Río Esequibo esquina con mar caribe, límite geográfico con el Atlántico, Sudamérica. Georgetown, Guyana. 

Estoy acá, sentado en lo que quedó de un rompeolas, en uno de los extremos de la ciudad. Haciendo una de mis actividades favoritas: quedarme frente al mar y mientras lo miro y huelo, saco un papel, una pluma, el teléfono... lo que sea para anotar y reflexionar. La soledad trae momentos en que las ideas se asientan. Yo lo llamo aprendizaje. 

En nueve días de pleno ajetreo apenas logré robarle una tarde al contratante para salir a caminar la ciudad. Así es la consultoría internacional y los viajes de trabajo: te mueven en latas de sardina, te dan de comer en restaurantes sardina, te llevan a juntas sardina... ¡y luego te piden que entiendas al país y al contexto! Alguien les debería de decir que no hay nada más contraproducente: meterte en una burbuja para que "entiendas" algo es un error. El consultor debe tener libertad de acción, debe poder escuchar, ver, oler, sentir con su propio cuerpo lo que vive el común de la gente. Si no, ¿qué clase de soluciones va a proponer?

Salí hacia las tres de la tarde de la guest house de una guyanesa con orígenes indios. Debe haber sido muy guapa en su juventud: pequeña, espigada, rasgos finos, voz suave pero nítida, mirada potente y un tono de piel de eterno bronceado, como princesa de Emilio Salgari. La casa, una maravilla llena de verde y artesanía de Guyana y el mundo: platos de barro, canastas para cargar, almacenar, procesar, figuras de metal, de Buda, de Vishnu; arcos y flechas, cuadros de mujeres indias e indígenas, vasijas, piedras multicolores y multiformes, muebles de principios de siglo y maderas finas... Olor a sándalo, un museo de la vida con tres perros y cientos de árboles y macetas. Un respiro en la jungla urbana.

Salí, después de haber guardado el mapa de la ciudad en mi teléfono. El sol asesinaba. Comencé a avanzar hacia el noroeste, sobre Forshaw Street. Unas diez o doce cuadras, sobre la completamente irregular orilla de la calle: Georgetown, estando un poco debajo del nivel del mar sufre inundaciones y por ello, casi todas las calles tienen canales o acequias, lo que no deja espacio a "banquetas", como las conocemos en el mundo árido y urbano. La ciudad fue trazada por los holandeses, por eso su arquitectura. Parece que después se fueron y con ellos la innovación tecnológica, porque todo quedó como en 1890.

Forshaw se convierte en Fifth St y después de un giro sobre Thomas St, caí sobre Church St. Avanzas un poco más y te topas con la Catedral, una construcción de madera de finales de 1800. Como mi propósito era el mar, fui hasta Main St y luego seguí hasta la zona hotelera, donde está el Marriot y el Pegasus, los hoteles donde encapsulan a los hombres de negocios que nunca caminarán por Guyana y beberán Johnnie Walker etiqueta verde y comerán comida importada, pero eso sí, comprarán sus minerales extraídos en la jungla perdida. Pobres, se pierden el hermoso acento guyanés del inglés. Inglés tropicalizado que arrastra las vocales, como cantando. No es "Also" sino "Alsoow".

Debo haber llegado a las cuatro y media al límite costero de la Water St. Al fin. El sol pega durísimo y solo conseguí la sombra de un par de árboles en Main St, con su pequeño camellón transitable. El helado que compré en el negocio fresa del aire acondicionado se derritió tres minutos después de salir a la calle. Transpiras mientras ves a la gente con su lento andar, algunos bajo el sol, las damas bajo la sombrilla, altivas y a paso suave. El reto es no transpirar para no perder el estilo ni el maquillaje. Poco antes de salir al río Demerara (porque no es el mar, sino uno de estos ríos amazónicos de dos kilómetros de ancho) pasé frente a la oficina del Ministerio de Bosques. Es la hora de la salida: decenas de hombres y mujeres uniformados como colegiales. Camisa verde claro, pantalón oscuro, logotipo de la dependencia. Los uniformes nunca me gustaron porque son una manera de estandarizar la heterogeneidad, de encapsular. No sé por qué me hace pensar en Cuba. 

Me detengo unos cuarenta o cincuenta minutos y escribo y pienso en Guyana y su estrategia de Low Carbon Development. País Cobaye, país experimento de laboratorio donde se prueban las teorías de la cooperación y el desarrollo: ustedes cuiden sus bosques y eviten la deforestación. A cambio de eso, nosotros les pagamos unos cuantos millones de dólares por el oxígeno que nosotros contaminamos con nuestras fábricas de teléfonos que pronto les venderemos. Me pregunto si serán suficientes 250 millones de dólares para dar calidad de vida a los guyaneses. Me pregunto cuánto le llegará al campesino de la región nueve, al que le fuimos a contar que si le echa ganas va a poder progresar. Me pregunto si la solución está en pagar por el aire. Ya nos venden el agua, la tierra, pronto nos venderán el oxígeno encapsulado. Y seremos felices de haber apoyado el desarrollo.

¿No nos habrán engañado con el desarrollo? 2017 es el tercer año más caliente después de 1880, momento en que se comenzó a medir la temperatura del mundo. Y no, no crea el lector que soy un conservacionista a ultranza. Mucho menos sugiero que todos andemos con taparrabo y bicicleta, pero me da miedo que en una casa de cinco personas, las cinco tengan auto, las cinco produzcan kilos de basura plástica por día y las cinco digan que pueden pagar por el carbono que queman... porque tienen para pagarlo. Lo que me pregunto es cuándo intentamos otro modelo, cuándo empezamos a ser más cuidadosos de nuestras acciones colectivas. 

Una Guyana en eterna construcción, con sólo 700 mil habitantes, pero igual de desordenada que una de 10 millones. Ruidos, bocinas, klaxons... esa cosa llamada desarrollo que no termina de llegar. Unos lo ven desde abajo, lo sufren, lo tratan de entender y otros intentan diseñar sus políticas y desarrollar desde el escritorio. Cada uno desde su orilla, sin el menor indicio de comunicación. Unos paternalistas, otros tratando de evitar los mandatos de la ciudad, las instrucciones del deber ser de aquellos que nunca lo son. Los dos mundos de siempre: "Yo estoy bien, tú estás mal". ¿A qué llamar desarrollo?

Mi trabajo siempre ha sido contradictorio. Tal vez yo he sido siempre el contradictorio, pero el mío es un proceso reflexivo. Supongo que me motivaron mucho el "¿Y por qué?" de pequeño. Pero un comerciante devenido en conservacionista y luego en sociólogo tiene derecho a eso, ¿no? Cuestionar y preguntar también es un trabajo y aunque no les guste a muchos, es la energía que nos hace buscar nuevas soluciones a viejos problemas. Pasa en la física, en la química, en la ingeniería, en la medicina, y en muchas otras ciencias. "Ateos: blasfemante religión de comecuras", dijo Carpentier. ¿Seguir el manual? Qué chiste. Yo estoy hecho para producir manuales y luego cuestionarlos. Construir y destruir. Avanzar sobre lo escrito. 

Recuerdo la reunión con el contratante. Quieren hablar del manual, de lo mucho que hicimos, de las lecciones y del contenido. Están sorprendidos por un círculo de diálogo. ¡Y cómo no van a estarlo si los talleres se hacen desde el podio, como un instructivo en el que apenas te dan chance de hablar y decir lo que piensas! El gran gurú que habla desde su púlpito. Pobres. Lo que se han perdido por quedarse callados y no quejarse. Los cuentearon una y otra vez. Los engañaron con el desarrollo." ¿Cómo le haces para que la gente no deje sus modos de vida y piense que la solución está en el trabajo asalariado?" Iluso. mejor pregunta cómo hacer para que la gente no piense, para que no deseen una computadora, para que no quieran ser como tú. Ése es el problema del desarrollo empaquetado y de manual: pensar que tenemos la solución, cuando justamente lo rico está en tratar de construirla.

¿Para quién putas trabajo? -me pregunto. ¿Para los que dicen que traen el desarrollo? ¿Para los que quieren que la gente sea una pieza de museo? Me preguntan qué podemos hacer para mejorarlos. Jajaja. Como si fueran motores, robots, problemas. Nada. No tenemos que "mejorarlos", tenemos que vivir con ellos, que trabajar con ellos, compartir conocimientos y buscar soluciones juntos. El conocimiento que funciona es el que suma las inteligencias, no el que pone a una sobre la otra. Eso se llama autoritarismo y paternalismo.... y los -ismos son peligrosos, incluido el turismo. Y hasta el pendejismo, como dice Calle 13.

Si queremos hacer desarrollo deberíamos dejar de hablar desde afuera: es fácil hablar de las buenas prácticas de agricultura si nunca has sembrado un tomate. Es fácil hablar de la política si nunca has participado en una marcha. El comercio internacional es fácil hasta que tienes que pasar la aduana. Pero al fin, por hoy las reuniones han terminado. Y con ellas, la gran oportunidad de este viaje. ¿Volveremos a llevar más desarrollo? Tal vez. Volveremos a ayudar a reflexionar a unos. Ojalá. 

Es tiempo de partir, de dejar mi roca y mi vista sobre el río. Es hora de caminar de vuelta al hotel y comer algo. Han sido días muy largos pero llenos de riqueza. La riqueza de compartir, de escuchar, de oler nuevos perfumes y especias en la comida, de apreciar un mundo en el Sur, mi Sur. Gente grande, de enorme corazón. Bordeo Water St hacia el suroeste. Calle trasera, de fábricas de hielo, del rastro municipal, de plantas de electricidad. Es como la cocina de Georgetown: deslustrada, sucia y desordenada después de un banquete, pero intensa, real y espejo de la esencia local. Así son las cocinas.

Voy de regreso al hotel de la hija de las mezclas de un mundo globalizado, pero antes, mientras las sombras de la tarde comienzan a caer y la vida se torna nocturna, salgo de mi ensimismamiento y pongo ojos alertas. Bordeo el Bank of Guyana, la Biblioteca pública y me acerco al centro. Veo el parlamento, el viejo mercado que visité el año anterior y escucho voces cubanas. Y pienso de nuevo en el desarrollo y sus múltiples facetas: los cubanos no requieren visa para ir a Guyana y mi vuelo venía al 90% lleno con ellos. Viajan a Georgetown para fayuquear (a hacer comercio internacional semi-ilegal). Hoy son los mejores clientes de los negocios de ropa de los indios, los árabes y los chinos de la ciudad: compran por montones. Ropa, chácharas, chinerías que luego empacan en enormes y compactos bultos que llevan de regreso a La Habana, a Pinar del Río, Varadero, Matanzas o Cienfuegos. A vender a los congéneres que no han podido salir. A llevar ropita nueva, así como los mexicanos íbamos a Laredo, a Tokiolula o a Belice. Fronteras, fronteras.

Fronteras del desarrollo, fronteras del bosque, fronteras mentales. Fronteras y zonas de transición, donde se mezclan los todos. Eso es Guyana, una mezcla de los todos. Un país emergente de apenas cincuenta años de viejo. Una república cooperativa (sí, así es su nombre oficial y vaya usted a saber lo que eso signifique) que para mí tiene un dejo de eso, del cooperativismo sesentero, o de finales del siglo XIX, como uno de esos experimentos de Fourier o de Fidel, solo que ahora lo hace con la bandera verde. ¿Qué será de este ejercicio en veinte años, sobre todo ahora que dicen que han encontrado un enorme yacimiento de petróleo en sus costas? ¿Un nuevo emirato? ¿El primer país verde que decidió dejar el oro negro enterrado? ¿De nuevo un protectorado británico? Me encantará verlo y decir que al menos en una pequeña parte lo conocí y que algo hice al respecto...  Pero por ahora, es tiempo de dejar estas reflexiones y pensamientos. Es momento de cenar curry con pollo con una buena cerveza Banks y alistar el viaje de regreso. 

Porque todo lo que comienza, tiene que terminar. 

Esequibo river esquina con Mar Caribe. Desarrollo street y Sueño avenue. País de la economía verde y sustentable. País de la estrategia del carbono bajo. Enero de 2017.

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