3.11.17

[Viajes] Monterrey, once años después.

Monterrey: ¿Qué ponemos primero, el cerro de la Silla o el concreto?
Viví en Monterrey entre 2001 y 2006. Fue una época mágica en muchos sentidos: descubrí el norte de México, conocí a algunos de mis mejores amigos laboré como profesor en la Alianza Francesa, visité la Huasteca, la sierra de Arteaga y monté un negocio que a la fecha funciona. Esta semana, once años después, dediqué siete días a recorrerla, revisitarla y descubrir nuevas personas y espacios. 



La ciudad
Monterrey crecía cuando la habité y no deja de hacerlo a ritmo frenético. Las avenidas se prolongan sin fin. El Paseo de los Leones, por ejemplo, ya llega por detrás del Cerro de las Mitras, prácticamente hasta la carretera a Saltillo; la Carretera nacional se pobló de fraccionamientos, centros comerciales y escuelas: desde que termina Lázaro Cárdenas o Garza Sada en adelante hay un tráfico impresionante, como ya lo era, los domingos. De San Pedro, ni hablar: Valle Poniente se pega a la Huasteca (ese lugar a donde íbamos a escalar o acampar) y a Santa Catarina. Al norte y rumbo al aeropuerto hay más plazas comerciales que fábricas. Norte, Sur, Este, Oeste: no hay espacio vacío. Monterrey debe tener más Liverpool que cualquier ciudad de México -incluida la capital del país. 

El Barrio Antiguo recuperó su brillo y el Paseo Santa Lucía llega hasta Cintermex -también llamado parque Fundidora-. No vi el Iguana, pero siguen en pie el Neuquén, La Nueva Luna, el Rey del Cabrito, la Anacua y mucho de los tradicionales. El aeropuerto tiene Terminal 2 y Las Alitas están casi en cada esquina, como Oxxos. 

La cultura norteña
Más grande, más rápido, más rico... pero no por eso más culto. Así resumiría lo que vi en la Sultana del Norte: nuestro ejemplo de crecimiento a la gringa y lo que podría ser México en manos de Cemex, Bimbo, Alfa, Femsa, etc. Fábricas, escuelas de negocio, diversión empaquetada en plástico desechable y mucho maquillaje. Mucho. 

No, no he dicho feo, ni intolerable, ni exagerado, ni insuperable o imposible de vivir. Tampoco he dicho mágico, sorpresivo, único, hermoso o apabullante. Tal vez usaría pragmático, útil, enfocado, dedicado, potente, digno. 

Los mejores restaurantes, enormes centros comerciales, chicas perfectas, dinero y mucho estrés. La clásica dinámica del protestantismo sajón: trabaja y alcanzarás; esfuérzate y lograrás; hay que trabajar porque estamos hechos para eso. Ya descansarás en la tumba. 

Cómo no recordar mis cinco años en tierra regia: trabajé y alcancé; me esforcé y logré; jalé (argot de laboré), porque estaba hecho para eso. Por suerte aún no descanso en la tumba, pero lo haré. Tierra de oportunidades: go west, Just do it, emprendetec. Cásate, compra casa, ten hijos -cuatro o cinco-, ve a San Antonio o Laredo y sé buen cristiano.

Eso no ha cambiado. 

Los amigos
Hace años que decidí que mis viajes cortos serían para visitar a los amigos. Las ciudades, ya las conozco, pero no hay nada más rico que ver a tus colegas y hermanos de la vida -suprimamos la religión del término y pensemos en buenos momentos compartidos- para enterarte de lo que hacen. 

J y S volvieron de USA. Retomaron su vida y les gusta; U cambió de trabajo y tomará más tiempo para respirar; M sigue tan feliz como siempre; J y M disfrutan de los retos del día, pero siguen buscando -eso lo comparto- la utopía de lo ideal; H disfruta ser regiomontano pero no deja de cuestionar. M recupera su vida y yo feliz de eso. Me habría encantado ver a otros. Saber de Quintín o Cefe, por ejemplo. 

Hemos madurado, estamos en la cuarentena. Algunos con familia, otros sin ella. Todos bien asentados -al menos adaptados- y también construyendo y preguntándose por el futuro. ¿Qué nos espera? 


El Futuro
No sé qué pasará ni cómo, pero me atrevo a insinuar:

En Monterrey habrá más contaminación. La carrera por el desarrollo no tiene fin, como tampoco lo tiene la retórica del emprendimiento y la acumulación: en el norte se trabaja y se hace dinero para trabajar y hacer más dinero. Un vendedor de autos tiene una cuota mensual mínima de 20 autos. Haz tus cuentas multiplicando por la cantidad de vendedores en una sucursal, luego por el número de sucursales y después por todas las marcas que venden en la ciudad. Ahora piensa en casas, luego en fraccionamientos, después en Rib-eyes, agujas norteñas, escuelas, puentes, farmacias, restaurantes, casas de té y negocios de venta de macarrones.  La nube gris no se descentralizará.

Al mismo tiempo, Monterrey tiene cosas que me gustan: buenas vialidades, escuelas, negocios, médicos, restaurantes, sinceridad y consistencia. Me gustaría llevarme muchas de ellas a Oaxaca. Tal vez unas cargas de orden, para que mi amigo que recién se graduó de papá no hubiese tenido que esperar diez horas antes de ver a su hijo, o su esposa otras diez para que le asignaran una cama fuera del quirófano. Taxímetros y un parque fundidora, con áreas verdes limpias y sin basura. Un gobierno un poco más vigilado. 

Y de Oaxaca me encantaría traer magia, color, emoción, sentimiento, amistad. Me encantaría ser traficante de cultura: llevar lo bueno que me encuentro en cada lugar a otros espacios donde hace falta. Me encantaría repartir sonrisas, días de descanso, paisajes naturales y hasta un poco de bloqueos al norte, seguro le daría otra chispa y encontraríamos nuevos métodos de solución. Me encantaría llevar sonrisas oaxaqueñas a Monterrey. 

Mi utopía de lo ideal se pregunta si podríamos hacer una mezcla de lo mejor de todos los mundos y vehiculizarla por el planeta. Mi sueño sería hacer que las distintas formas de pensar tuvieran espacio para debatir, para conocerse y comprenderse. Que así como nos quejamos de la extrema pobreza, también criticásemos la extrema riqueza y nos hiciéramos más preguntas: 

¿De qué hablamos cuando pensamos en desarrollo? ¿Qué entendemos por éxito, solo hacer dinero? ¿Tenemos que trabajar también el 2 de noviembre? ¿Cuánto deberían de durar las vacaciones? ¿Qué es estar con la persona que quieres y donde quieres? 

Discúlpenme los amigos, pero sigo sin entender de qué sirve tener cincuenta mil millones de dólares si no tengo oportunidad de salir por la calle y recibir una sonrisa de un limpia-vidrios; si no me puedo parar en la avenida sin sentirme inseguro, o si tengo que esperar cinco años para tener dos semanas de vacaciones. 

En fin, Monterrey, la capital del Norte, la Sultana, la cuna de la industrialización, el éxito y el desarrollo. Todo eso junto, pero la pregunta, la pregunta de siempre, subsiste: ¿dónde encontramos el punto medio?