15.1.18

[Reflexiones] Un futuro largamente postergado


Este año llego tarde: los primeros días de trabajo se me quedaron debajo de las sábanas y detrás de los restos de fiesta del 2017. La clave del blog se perdió y nadie pudo encontrarla hasta bien entrado enero. Unos dicen que apareció sola, otros cuentan que hubo que sacarla de las urgencias del hospital donde sufría una congestión alcohólica. La realidad es que nadie supo de dónde salió, pero en algo coinciden: llegó con un brillo inusual.


El año empieza con mucha fuerza y un toque distinto: su amigo escritor –el que esto redacta– siente el mismo hartazgo que se vive por doquier en el país y resumiría como: "¡Ya no más de lo mismo!" Algo se alineó (los soles, las estrellas, las energías, los planetas) y al igual que aquel viejo artefacto que apareció en la película de Cronos, el bicho salió de su letargo para inyectar una sustancia extraña en mi fluido sanguíneo: llegó el tiempo de dedicar a la escritura más de la agenda.


Pocos saben que hace más de 25 años hice mi primer relato de viaje, otros están enterados que desde marzo de 2017 trabajo en la versión novelada de una travesía motociclística en solitario a la Patagonia. Esta primera tarea está en fase final y buscando editor... pero hay más.

Quienes siguen este blog saben que estoy lleno de letras, de cuentos, de ensayos y hasta de artículos. Sí, tal como los USB están hechos de unos y ceros, los humanos de células de todos los colores y sabores, y los origamis de dobleces, yo estoy hecho de carne y letra, hasta hoy llevada solo por el lado de lo útil, vendida al mejor postor: "¿Quieres un manual, una consultoría o el texto de tu web? Te lo vendo y a cambio de eso como, me alimento, me doy un techo." Ha sido letra intelectual, letra comercial, letra académica... y todas han acallado a la letra libre, viajera, ambulante. 

Viene mi momento. 

El viejo proverbio francés dice “Chassez le naturel, il revient au galop”. Claro, uno no puede negarse ni esconderse detrás de una de sus máscaras. O sí. Tal vez sí, pero no para siempre. Las máscaras son reemplazables, sustituibles; nos ayudan a sobrevivir y a movernos entre nuestros múltiples nosotros, no obstante, es imposible ser el escriba del notario toda la vida. Un buen día, the servant has to become the master

Yo pensé que llegaría a los 50. Mi intención de esperar era contar cosas que fueran interesantes, pero me di cuenta de algo: en la medida que te superas a ti mismo viviendo fuera de lo común, lo que has hecho deja de sorprenderte. Y entonces llegas a un punto en que lo bizarro es parte de tu cotidiano y piensas que no has hecho nada original, que eres como el común de los mortales e incluso que estás más jodido que ellos: sin casa propia, sin perro propio, ni mujer ajena (porque esa, nunca será tuya, aunque te lo haya jurado por San Melchor Ocampo). Y como no tienes la camioneta del año, ni la cuenta abultada o los niños hiperdotados que tienen tus amigos, entonces piensas que no tienes nada que contar. 

Falso como la democracia en México. 

Hace un par de meses conocí a Manuela. Una gran persona en un pequeño cuerpo con un enorme backpack. Cuatro años viajando desde Necochea, costa atlántica argentina. Amor en Centroamérica, cruce ilegal en Panamá, hacedora de malabares en las esquinas del mundo. Y me di cuenta de que no son solo mis historias, sino las de ellos, las que esperan ser contadas. Diez, cien, mil; cada persona es una historia, un continente, una lección. Un concierto de letras que los mexicanos somos incapaces de escuchar porque estamos inundados de sedentarismo, de historias de Yo y de mala educación. Tenemos que hacerlos escuchar, hacerles ver que hay vida más allá de Matehuala, del Monumento a Juárez, de Zinacantepec… de los límites de nuestra urbanidad.

Durante los últimos cuatro años he navegado por mares plenos, pero amarrado a un mástil. Sí, como el Ulises que no quiso escuchar a las sirenas, con tal de volver a casa, a Itaca, a Penélope, al dolce far niente...

Pobre de Ulises después de Ulises. Muerto de anciano debajo de un olivo, soñando adormilado con viejos pasados, dulces sirenas y cíclopes ensangrentados. ¡Qué hueva, Ulises! Habiendo tanto que contar, tanto que decir, tanto que denunciar, decidiste ser un viejo a secas. 

“He visto cosas que ustedes, humanos, nunca creerían...”, le dijo Roy, el replicante modelo Nexus 6 a Deckard, en Blade Runner. Su vida se extinguía sin que nadie recuperase sus memorias: el androide que moriría en 2019, había recorrido galaxias y se llevaba con él un mundo desconocido a los ojos de la brutal ignorancia de ese Los Angeles apocalíptico y oscuro…. 

Así que ha llegado el momento de contar, de ponerle puntos a las íes, de divertirnos viajando y denunciando; de conocer nuevos proyectos y de hacer lo que hace casi cinco años fue un sueño: tener una base, un astillero donde reparar el barco, pero estar listo, con el equipo, las velas y los remos, para partir a donde haya historias que construir. 

Hace 18 años me fui al norte, a cargar flores y hacer la vida de chofer que corta los tallos de las rosas en la cámara frigorífica. Era el que se cagaba de calor pasando Matehuala por la mañana y la siguiente noche se congelaba en el mismo paraje desértico. El que descargaba, manejaba 34 horas por 6 de sueño entre Chiltepec y Monterrey para entregar flores lindas a las señoras guapas de  Garza García: las Sada, Domene, Garza, Lagüera, Salinas… Apellidos rimbombantes y casas de alto pedorraje, como decían los demás choferes. Ellas hacían pilates y aerobics, mientras yo me rompía la espalda y casi la vida en la única recta de 70 kilómetros que te llevaba al panteón. Inolvidable sopor de la una de la madrugada. Riesgo de pestañear y caer al vacío. Me paraba en estacionamientos kilométricos, donde solo había camioneros y putas gordas y baratas. “Vente papito. ¿Me regalas unas florecitas?”… 

Historias hay, falta gente para contarlas. No hay que esperar a los ochenta para escribir memorias de las putas tristes o de damas de compañía suculentas: hay que encarar y decidir, intentar, contar. Más de seis países, diez ciudades, veintitantas mudanzas. Años escapando y buscándome, encontrándome y escondiéndome de mi sombra. Desdeñé al pequeño comerciante, me fui del aspirante a empresario y del académico en ciernes... hasta el día que me di cuenta que combinar mis pasados era mejor que huir de ellos. 

Desenterré mis máscaras y las puse una junto a otra, bien alineadas, limpias y desempolvadas. Les cosí sus trajes y pelucas; sus teorías y prácticas. Las dejé listas para el momento en que uno de mis personajes fuera llamado a escena. Ahora mi baúl tiene más herramientas, pero está llegando el tiempo de soltar lastre: ¿Cuántas máscaras puede tener un humano? Hay un límite desde lo imposible: ¿Cómo tener a Bauman y Paz, o a las marionetas chinas y a un mimo en un mismo encierro? ¿Qué hacer con Kissinger y Todorov? Ni hablar, algunos personajes tienen que morir. Se vale contradecirse y contener multitudes, como dijo Walt Witman, pero no por siempre. 

Navegar, sí. Pero con brújula. Hasta las cuatro estaciones, que suenan tan bien en el conjunto, se reparten la presencia en el año... y siempre son mejores cuando vienen de Piazzolla que de Vivaldi. 

Este 2018 seré el Ego y volveré al Andar. ¡Acompáñame!