6.6.18

[Reseñas] La Autoedición: reflexiones de mi primer libro.

"Deberías escribir un libro". 

¿Cuántas veces han dicho o escuchado esa frase? Son de esas cosas que uno dice (o que nos dicen) cuando escucha(n) algo inverosímil o fuera de su contexto; algo que pasó y que fue raro, que nos hizo pensar que valdría la pena documentarlo: subir el Himalaya, cruzar el Atlántico en solitario, contar la historia de la abuela o del tío revolucionario...  Sí, "escribir un libro", por supuesto que suena bien, pero, ¿por dónde comenzar? Permíteme contarte mi historia. 

Comencé a escribir tardíamente, no como esos genios de la literatura que hicieron sus primeros garabatos a los dos, armaron un texto a los cuatro y publicaron a los ocho. Me considero una persona normal. Mucho más normal que el estándar del "normal": jugaba de niño, me regañaban, trabajaba en el negocio de mi abuelo, hacía tareas y pasaba los exámenes. Me hacían estudiar y yo sabía que me abriría puertas para salir de casa, así que lo hacía bien y punto.


Pero nunca me llevaron a un concurso de oratoria o de escritura. Es más, entre la primaria y la universidad, nunca, nadie, nos hizo escribir una crónica o un cuento. Yo comencé como a los diecisiete, con cuentos, relatos de viaje, ensayos, y así. Escribir un libro no me pasó por la cabeza sino hasta los treinta, cuando hice un viaje "relevante" (que está ya escrito y esperando editor) pero rápidamente me frustré cuando descubrí la verdadera complejidad: ¡El asunto no es escribirlo, sino publicarlo!



Lo más obvio pareciera ser que imprimen los que trabajan en universidades, o quienes hacen una novela o un poemario y lo someten a concurso –y además lo ganan–, pero alguien que no está en ninguno de esos ámbitos, o que escribe por "hobby", difícilmente logrará algo... hasta hoy. 

¡Buenas noticias: ya estamos en el siglo XXI, en la época de las economías solidarias y de las publicaciones independientes! ¿Qué, qué, qué...? Déjame contarte cómo funciona.

Para un libro seleccionado por una editorial debe haber como 100 no seleccionados. De esos, muchos tendrán muy mala calidad y unos cuantos una calidad mediana. Dos o tres valdrán la pena, pero el ánimo, lo tienen todos. ¿No es un excelente negocio en potencia? Pues sí, alguien lo vio y comenzó a ofrecerlo.


Lo más fácil era hacerlo digital y distribuirlo, pero todavía hay (habemos) románticos que gustan del olor de papel, del peso de las hojas, de doblar la orillita, señalar con un separador o incluso "cometer el sacrilegio" de subrayar. El problema era que hace años se empleaban imprentas y que en un principio había que preparar las planchas de plomo o de metal con los textos e imprimirlos sobre las hojas; con el tiempo se usó el offset, que permite un tiraje más rápido, pero aún así, para que el negocio fuese rentable, había que imprimir cientos de ejemplares, lo que hacía la impresión accesible  a pocos. El Barón Alexander von Humboldt, por ejemplo, se pagó sus ediciones, porque nadie le quería imprimir sus libros de viajes por el mundo.

En los últimos lustros hubo quien se dio cuenta de que con la potencia de las impresoras industriales se podrían tirar 30, 50, 100 libros y hacer que el autor pagara por ellos, o en el mejor de los casos, que el editor se asociara con el autor para tomar riesgos a medias. Esto comenzó a ser negocio: como el libro permite explotar uno de los motivadores esenciales del ser humano –el ego–, el negocio estaba hecho. ¿Tienes un texto, bueno-más-o-menos-malo-suficiente? ¡Pues te lo imprimimos! Tú pones el dinero, nosotros el diseño de la portada, te lo entregamos en treinta días... y hasta te hacemos un par de presentaciones para que la gente te conozca. 

Si leíste El Péndulo de Foucault, de Umberto Eco, recordarás que esto no es nuevo: el señor Garamond tenía dos editoriales, Garamond Editores, S.A. –la seria y profesional– y Editorial Manuzio –la de los AAF (Autores Auto Financiados)–, que imprimía más o menos todo aquello que estuvieses dispuesto a pagar, así fuere el manual para convertir a un castor al judaísmo. Bajo esa lógica, siempre habría quien, queriendo trascender, sería cliente. Del otro lado de la imprenta, el dinero ganado permitiría editar buenos manuscritos. Ley de la vida: "uno nunca sabe para quien trabaja" o "hago cosas que no me gustan, para poder no hacerlas cuando sea viejo". En fin.


Volvamos al tema: como todo en la vida, después de esta modalidad de impresión surgió una más –porque el capitalismo no tiene final, ni límites– que otorgaba aún más facilidades: "hágalo usted mismo". ¿Así, tan fácil? Sí, fácil como decir buenos días. Entras a una de las opciones de autoedición, lulu.com, por ejemplo, subes tu texto, tu portada –si no la tienes la diseñas en línea– y armas tu primer ejemplar de prueba. Para asegurarte que cubra tus expectativas, te puedes gastar unos 20 USD para pedir un ejemplar de prueba, y si te gusta, pides el tiraje que quieras, lo pones en línea para que lo compren en Vladivostok o Nairobi (si hablan español, claro) y decides si quieres hacer tu versión en e-book también (Nota: los e-books con Amazon o IBook solo funcionan si están en inglés. Claro, el tamaño de mercado está limitado por el idioma). Listo, comienza a vender. 

Existen otros mecanismos igual de interesantes. Pentian, por ejemplo: ahí, subes tu proyecto (o una parte de él) y buscas patrocinadores. Una vez que conseguiste la cantidad meta, se paga la edición con el dinero acumulado y los patrocinadores se hacen socios: ellos reciben el 50% de las ganancias, tú el 40% y Pentian el 10%. Todos felices.

Mi experiencia.
Como te conté, tengo una novela en puerta. Está lista y en espera de editor. He tocado muchas puertas, pero los guardametas son duros. En algunos casos ni siquiera te aceptan el envío del manuscrito: "anótese en el siguiente concurso" o "no tenemos espacio para leer más textos en este momento". Si para una novela tengo dificultades de impresión, ¿qué esperanzas, estando fuera de las plazas de tiempos completos y áreas de investigación, de que pudiera publicar mi tesis doctoral? 

Llegué a pensar que se quedaría guardada en un cajón o condenada a ser un documento digital de consulta únicamente en el mundo académico. Cuatro años de esfuerzo, cientos de cuartillas escritas, debates, cambios de director, miles de  páginas leídas, una teoría distinta en América Latina... Todo eso, ¿arrumbado en un cajón? Tal vez la autoedición sería una solución.  Si mis jurados le habían dado el "Excelente y con mención de publicación", ¿por qué no intentar divulgarla antes de que fuera demasiado tarde? Me puse manos a la obra.

Luis –mi socio y gran amigo de correrías e inventos– diseñó la portada. Yo me metí a investigar los distintos mecanismos de autoedición y después de unas seis semanas (antes, había hecho cambios, rediseñado la introducción y una última lectura para encontrar errores de tipeo) hice mi primera prueba, la acepté, vendí dos libros en línea, luego pedí diez volúmenes. Los primeros llegaron hoy, casualmente con la primera lluvia de Oaxaca, y listo, la primera tanda se vendió. El segundo pedido viene en camino: la semana siguiente haré una presentación y luego otra, en espacios académicos relacionados con el tema, en los que doy clases o tengo contactos.

Por supuesto que no espero que la tesis sea leída por todos, pero sí creo que estar disponible en papel la hace más asequible para consulta por capítulos. Sumado a lo anterior, se podrían hacer debates y ojalá pudiera llegar a las personas que están en ámbitos rurales. No, no pienso hacerme millonario, pero sí que deje unas gotitas –comparadas con lo que invertí– y que aporte a la materia, trayendo a mi país la experiencia de otras naciones.

Estoy seguro que en el futuro, más y más personas utilizarán estos mecanismos de edición, porque cada vez son menos los trabajos de tiempo completo, al mismo tiempo que crece el número de personas que escriben y que leen. Ojalá los concursos se incrementaran pero, por el contrario, estamos yendo más y más hacia tiempos en los que la cultura pasa a segundo término frente al poder del dinero, que todo lo devora. 

Recomendaciones finales
No te voy a decir que si no tienes nada que contar, no lo cuentes. Tampoco te voy a decir que si no han leído tus trabajos otras personas, no imprimas, pero revisa tu texto, ¡por favor! Hay correctores de estilo (yo te puedo recomendar uno muy bueno); vale la pena cuidar la redacción y el diseño: en este primer libro –una tesis doctoral que leyeron al menos 15 personas antes de llegar a este momento– hay errores de tipografía que no fueron encontrados a tiempo. Por fortuna no son muchos, pero no hablan de perfección.  También pude haber buscado que mi universidad me autorizara a poner su logo. No es que en términos no-académicos haga una gran diferencia, pero sí podría hacerla en lo formal. 

Finalmente, pude también haber releído y cambiado algunas cosas, pero sobre esta reflexión final tengo muchas dudas: ningún libro está completamente terminado, nunca. Tú lo interpretarás de un modo, otros lo leerán de una forma distinta y nada: nunca será el mismo libro. Tal vez en este sentido, siempre es mejor dejarlo partir, que retenerlo para siempre.

¿Que si la autoedición funciona en México? Económicamente no sé, ya te lo contaré, pero como instrumento de divulgación y opción de publicación sin pasar por los grandes filtros de las editoriales o los negocios de los AAF, definitivamente sí.

¡Buena suerte!

PD: Si te interesa adquirir mi trabajo de tesis, acá más información:
1) Video explicativo: https://youtu.be/yxslXqxs6WY
2) Compra en línea: http://www.lulu.com/spotlight/SamuelMorales
3) Introducción de la tesis, aquí