18.4.14

[Reflexiones] Sobre la muerte de García Márquez. ¿Y cómo no darle gracias, si fue un grande, el Gabo?

Al tiempo que en el Blog de Izquierda se quejan -como siempre- de los que le dan gracias a Gabo, de los que no le dan gracias, de los que lo leyeron y de los que no, me dispongo a hacer también mi cartita, pretendiendo ser ese niño que pasa entre las piernas de los grandes hombres trajeados y deposita una corcholata o una abejita muerta en la tumba del abuelo al que acompañan deudos que algo ocultan detrás de esos lentes oscuros y corbatas y trajes negros.

Debo haber leído a García Márquez por primera vez hacia los 18. La hojarasca siempre estuvo en la biblioteca de la casa. Luego se me debe haber atravesado el Coronel no tiene quien le escriba y probablemente después El general en su laberinto. Mis recuerdos son viejos de más de veinte años, así que no tengo en mente a todos los personajes pero sí el estilo: una descripción que atrapa, pero al mismo tiempo sencilla, sin las complicaciones de un Stendhal, Carpentier o Borges. Así me vienen a la memoria también los Cien años de soledad y las Memorias de las putas tristes. Con los Doce cuentos peregrinos tuve mayor identidad porque siempre me gustó el cuento y los que ahí escribió se asemejaban a mi búsqueda de esa época: algo corto, puntual, directo.  ¿Cómo olvidarse de aquella mujer cuyo auto se descompone y termina en el asilo porque llamar por teléfono se vuelve su única obsesión?


Ahora que el cerebro entra en aquello de bajar de la estantería los recuerdos, me viene a la cabeza que miento. El primer libro que leí de él fue el Relato del náufrago. Ése me encantó. Era cortito y lleno de realidad y sed. Fue así como me enteré que el Gabo nunca había estudiado para escritor y que había laborado cierto tiempo como periodista. Eso me gustó. En la época yo quería ser escritor y me preguntaba cómo se le hacía para llegar ahí. Recuerdo que años después encontré otro libro (el nombre quedó empolvado) sobre un taller que el Gabo dio a cinco ganadores de un concurso de escritores novatos. ¡Cómo quise haber estado ahí en ese momento! 

Tal vez de este último fue de donde aprendí que el escritor debe estar siempre sentado y escribiendo, así cuando llega la inspiración, lo encontrará listo para recibirla. Creo que ahí fue cuando decidí combinar mi sueño de escritor con otra actividad, porque mientras llegaba la musa, arriesgaba mi economía y futuro. Ahora soy candidato a un posgrado, bloguero y además escribo informes. Así me alimento y tengo un presente futuro, pero la inspiración se ha trocado en pequeñas frases temporales y hace años que se volvió compañera de trabajo: hacemos tesis, contamos las películas que vemos, relatamos viajes e incluso hablamos y discutimos de desarrollo. Para mi mala suerte, parece haber postergado la producción de cuentos y novelas. A lo más que llegamos como equipo es a  producir algunos ensayos. Sin duda, Inspiración tiene sus límites, horarios y capacidad laboral. Pero volvamos (y terminemos, no hagamos esto tan largo, si ya miles están escribiendo al respecto) al tema Gabo. 

Ahora, a los años de distancia de mis primeras lecturas y de haberme enfrascado en otros textos, lo veo como al abuelo querido que tuvo éxito: con respeto y cariño, pero reconozco también que hay otros que son tan buenos... o mejores. Todos tenemos nuestra época y momento. Hay que seguir produciendo, inventando y siéndole útil a la sociedad. Así fue el hombre y creo que es lo más rescatable y valioso de él: a diferencia de Vargas Llosas, Paces o Hemingways, el Gabo tenía un ideario político, una serie de actividades humanitarias, humildad y hasta una participación en el Salón México. Difícil, ser un hombre completo como él. 

Así que aunque en este momento pueblan mis memorias una gran serie de escritores y que admiro a unos tanto como a otros, paso al Gabo al reino de los muertos y le rindo un sincero homenaje por el escritor y el hombre que fue. Adiós abuelo Gabo y gracias por los años de trayecto juntos. 

En la foto, el Gabo después de famoso golpe propinado por el fino Vargas Llosa. La nota de Rodrigo Moya (fotógrafo que la tomó), acá.