13.2.16

[RoadStory] Again

Hasta hace unas horas me preguntaba por enésima vez porqué había tomado el autobús, cuando podía simplemente haber abordado un avión. Sin respuesta, me enfrasqué en una lectura que me tuvo absorto hasta que la anatomía del viaje trajo un feliz encadenamiento de respuestas: momentos que vienen muy de vez en cuando, en los que uno redescubre o comprende la esencia del viaje.

Fue más o menos así: cuando no tengo prisa porque sé que voy hacia lo inevitable de la vuelta a casa, gusto de prolongar la nostalgia del regreso y la tristeza de la partida. Abordar un autobús es mágico porque te permite pensar y sacudir las neuronas. Si la vuelta es de tarde, mejor aún: las luces que caen reafirman la ensoñación del paisaje. 


Después de subir al autobús -qué mejor cuando te montas en sillones grandes y amplios donde no chocas las rodillas con las lumbares del vecino- emprendí la lectura de la que parecía una promisoria tesis. Leer siempre es un escape y un tormento: escape porque te permite abstraerte de la realidad, percibir otros espacios y acompañar al escritor a nuevos destinos; tormento porque la lectura puede ser pesada, demasiado académica, deshilada o floja; implicar demasiada atención o simplemente llevarte a un mundo en el que no querías entrar… pero hasta las limitaciones abren posibilidades, como decía un viejo maestro: combinar la lectura y la ruta es genial porque cuando la primera se vuelve un tormento, al menos tienes una segunda opción.

Así sucedió hoy: justo en el momento en que la tormenta se levantaba en la lectura, se terminó el audio. Hice una pausa, abrí el lector de música y puse a Madredeus. Siempre me pareció (creo más bien que la escuché antes en una roadmovie) que O Pastor, la primera canción de su antología, hace una perfecta evocación al viaje. Y así fue: mientras la nostalgia fluía por mis audífonos, recordé la ciudad blanca; el barrio alto y los fados. Fue un instante, pero partí hacia el sur del norte y recordé Portugal. Luego, junto al fluir nostálgico, el amarillento sol tiñó el paisaje: ocres, marrones, casitas de colores. “El Coyote”, refugio de camioneros, se prendió con un rojo de infierno, el maldito arco de seguridad del orweliano gobierno poblano brilló de azul represión, los campos de lechuga alargaron sus sombras y los dorados restos del maíz mostraron que aún sin elotes, pintan.

Y más allá en el fondo apareció él, el señor más alto de México, nuestro apu: el Pico de Orizaba, con un pálido pero visible sombrero blanco. Ahí, en la inmensidad, en la lejanía, detrás de las pequeñas montañas locales y las antiestéticas torres que transportan electricidad. Mientras observo, escarbo un poco en la memoria y recuerdo que hace 13 años un mocoso treintón -camino a la Patagonia en una moto- huía del DF y hacía ahí su primera parada para hacer el mismo ritual: apropiarse de la montaña en la memoria digital, por miedo de perder la imagen.

En ese instante me dije que sí, que eso es viajar: admirar el infinito paisaje y darse cuenta de lo ínfimo de nuestra existencia. Deglutir una pastilla de ubicaína, al tiempo que nos damos la oportunidad de soñar: de sentir la admiración por el espacio y dejarnos fluir. 

Unos minutos duró la escena: el sol bajó y en un punto giramos hacia el sur, hacia Tehuacán. En el fondo, el pico seguía firme, aún a costa de sentirse albur. Diez segundos duró la vista final: Orizaba en la distancia, el sol tras él y la reserva de la biósfera Tehuacán-Cuicatlán, que recorrimos días atrás, se extendía en el horizonte. 

Después todo fue montañas y el chofer prefirió pegar la nariz al culo de un camión de carga y someternos a sus insoportables frenadas. El sol caía, el autobús saltaba y Madredeus enmudecía. Lo bello se quedaba en el pasado… era tiempo de volver al tormento de la lectura.