16.5.18

[Reflexiones del camino] Los viajes y la política


¡Dos meses! Los proyectos que este su loco amigo desarrolla le han torcido una vez más el brazo al escritor, pero nada, nada que no se pueda remediar con un post de vez en cuando. Esta vez la conciencia me llama a hablar de política y de viajes... a menos de dos meses de la elección federal en que cambiaremos de presidente. 

¿Qué tienen que ver la política y los viajes? 

Los viajes, cuando se hacen bien, se realizan con calma y con los ojos y oídos bien abiertos. Un buen viaje no es el que te lleva lejos, es el que te lleva profundo: el que te permite descubrir, escuchar, comprender, contrastar, comunicar. Un buen viaje puede tomar un día o un año. Por supuesto, "qui va piano, va lontano", dice el dicho [el que va lento, va lejos], pero no es un asunto de tiempo, se trata de ver qué tan dispuesto(a) estás al "Dépaysement" o ""Sehnsucht der Ferne", es decir, a salir de tu burbuja y evitar las comparaciones al estilo "Ay, estos pobrecitos que no tienen agua" o "Uy, acá está todo bien sucio, ¿cómo puede vivir así la gente?". Tampoco se trata de ver si ellos tienen Porsche, Mercedes o una casa de lujo: se trata de entender la dinámica en la que viven las personas. 



Me explico: los humanos somos seres sociales. Estamos hechos para convivir y –aunque a algunos no nos guste– para juntarnos, reproducirnos, hacer ceremonias, reconocer a otros, tener jefes, organizarnos. Eso hicieron los primeros humanos para cazar un mamut, para defender el fuego o para seleccionar a un jefe o un sacerdote; eso hicieron los aztecas para ver quién jugaba mejor a la pelota,  ver quién capturaba más enemigos o para defenderse de los españoles; lo mismo hacemos nosotros para presentar a nuestras quinceañeras en sociedad, seleccionar quién nos representará o saber cuál equipo de futbol es el mejor. Somos seres sociales y somos seres políticos: necesitamos poner reglas para lograr una –por mínima y burda que sea– convivencia. Si no, nos estaríamos quitando a las parejas, robando los alimentos o medio matando.  Por eso México está en problemas: porque no hemos entendido que necesitamos reglas y una serie de acuerdos mínimos sobre valores. 

¿Y qué tiene que ver esto con los viajes?

Nada, no mucho; mucho y todo: los seres humanos somos sociales, pero también somos heterogéneos: en cada comunidad hay diferentes reglas, jerarquías, dioses, religiones, líderes, representantes... y eso es lo rico de viajar: cuando viajamos estudiamos diferentes mundos, distintas maneras de pensar. Y en algunos casos (cuando no vas a Cancún a tirarte a la playa o a Nueva York solo a tomarte fotos con el Naked Cowboy) hasta aprendemos a contrastar. "No busques si es bueno o malo", digo yo, "busca qué es lo que lo hace diferente y aprende de ello. 


Cuando veo lo que sucede en los debates políticos de mi México me da mucha pena darme cuenta de que, en general, cada uno habla por su burbuja, por su pedacito de México, pero no por la integridad del territorio, ni por los campesinos del sur o los industriales del norte. Solo habla de cómo su pariente fue asaltado, de cómo su hija quiere tal beca o de cómo llegan los apoyos a la comunidad. Pocas personas tienen la oportunidad de viajar abriendo los ojos. Menos son los que tienen la posibilidad de salir de su burbuja y ver el mundo con otra mirada. Por miedo, por economía, por formación personal.

Si yo digo que la curiosidad no fue lo que mató al gato, sino justamente su falta de ella: el día que salió de su patio, lo atropellaron por no saber cruzar la calle.

Hace unos días mi amigo Enrique documentaba su viaje por la costa pacífica de México y mostraba  maravillas, pero también explicaba su frustración ante la pobreza y la desigualdad. "Tienes que viajar por México para darte cuenta de lo que realmente pasa", dijo, palabras más, palabras menos. 


Ayer, mi madre, que vive en el Edomex, me contó que salió con un grupo de amigas del magisterio (hace ya varias décadas que lo cursó) y que una de sus colegas ¡jamás se había subido a una lancha en Valle de Bravo! Ellos son los que creen que los países se convierten en otros países cuando cambian de presidente... 

Ayer volví del Edomex hacia Oaxaca y en la carretera ví un país maravilloso, lleno de colores, de  magia con curvas, montañas y ganado; de valles interminables, de cimas que con la primera lluvia pintaron sus hojas de verde; de cielos azules y nubes blancas; de bosques de pinos, de bosques de cactus y de algarrobos. Fue un camino enorme, genial, único. 

Y me dijeron que no fuera por Zempoala porque asaltan, que tuviera cuidado en Izúcar de Matamoros; que en esa carretera hay muchos topes y camiones, que se cruzan las vacas. ¿Me tenía entonces que venir por la autopista, a ciento treinta kilómetros por hora, pagar más de mil pesos de cuotas que después se roban para las elecciones, y avanzar sin ver nada de mi país? ¡Qué triste hubiera sido! 


Por supuesto, vi pobreza, un México abandonado: pueblos en los que únicamente llegan la Coca Cola y las Sabritas, en los que la escuela tiene un solo profesor, donde efectivamente asaltan de noche, en los que la ley es la del más fuerte. Ciudades como Huajuapan de León, con hermosos edificios cerrados a causa del sismo, en los que el gobierno no se ocupa de rescatarlos: deberías de conocer su palacio municipal, sus murales y su historia como ciudad heroica para saber de qué te hablo.

Ese México, ¿lo estás viendo?

Tengo la fortuna de vivir con el espíritu de la curiosidad sin miedo y del ánimo de descubrir. Eso me llevó a vivir (vivir, no ir de viaje de turismo) en seis países y diez ciudades de este planeta. Mi viaje en moto por Sudamérica me reventó los sesos y me hizo cambiar de profesión, de sueños, de ideales y por supuesto, de manera de ver la vida.  Soy afortunado y por eso me atrevo a decirlo: este México son muchos Méxicos y todos necesitan de tu mirada.

Nada más. 

Cuando te preguntes qué México quieres, tal vez antes de decidirte por uno, comienza por recorrerlo y escucharlo. Inicia por abrir la puerta de tu casa, cruzar la esquina, dejar el barrio y déjate llevar. Y entonces sí, vota con la conciencia de haber viajado y comprendido a tu país.

No tengas prisa de volver