3.12.14

[Reflexiones] Esa cosa llamada confianza...

No sé el nombre de la película, pero sí que salía Al Pacino. Recuerdo que en la escena este actor discute con un colega y le muestra un trozo de ¿madera, plástico? y mientras alegan porque el otro "le falló", Pacino toma la pieza con ambas manos y la parte en dos frente al otro, diciéndole una simple pero tremenda verdad: "lo que se rompió no se pega". 

Y con esta frase termina la escena: el colega de Pacino mudo, cabizbajo y con el rostro desencajado se queda de pie, en tanto éste da media vuelta, tira ambos trozos y se va sin mirar atrás. Tengo esta escena difuminada en la memoria, pero sé que la tengo presente porque se relaciona con algo que es de una importancia extrema para mí: la confianza.


Sobre ésta se han escrito una serie innumerable de estudios y libros. Recuerdo que en el doctorado Alejandro Isla nos pasó un texto de Keith Hart denominado "Trust". No tengo tan claro si el autor había hecho su trabajo de campo en la India o en medio oriente, pero sí rememoro que estudiaba la manera en que se construía la confianza en un grupo -me parece que de comerciantes y de vendedores callejeros- y cómo ésta daba forma a las relaciones sociales. Sé que debería releerlo para precisar, pero lo que tengo en mente servirá por hoy. Fue interesante porque discutimos la relación entre la confianza, la "confidencia" (confidence, que traduzco como credibilidad), y la fe.

El asunto era que para el autor, la confianza era resultado de la relación entre creencias, fe y credibilidad. Adicionaba que la forma en que se construye la confianza también está en función del grupo social: en aquellos que Hart denominaba "sociedad primitiva" y en donde las relaciones personales jugaban un rol más importante, la confianza tenía una mayor relación con la fe y por ende con los aspectos afectivos (como quien cree en algo porque tiene esa fe ciega). La pérdida de confianza en este caso, afectaba el estatus de la persona. En el otro extremo, en la "sociedad moderna", donde las relaciones son más impersonales, la confianza estaba menos relacionada con aspectos afectivos y más con la credibilidad que otorgan los elementos formales, como un contrato.


De este modo y si me lo llevo (permítaseme el ejercicio, pues en este blog nos encantan estas analogías) al caso de la política, sería como decir que entre los grupos sociales menos cercanos a la dinámica escolarizada la gente cree en un político "porque tiene fe en él y no le va a fallar", mientras que en los más intelectualizados, las personas confían en él "porque tiene credibilidad" y ésta se basa en aspectos más racionales (como su trayectoria, formación, etc.). 

De un lado tendríamos entonces la fe ciega (creo en el Peje, en Tata Cárdenas, o en los del PRI que siempre nos dejan regalitos y chamba), mientras del otro tendríamos la credibilidad debida a sus acciones (paró la delincuencia, metió a la cárcel a la Quina, casi nos lleva al primer mundo). No voy a hablar del papel que los medios de comunicación toman en promover o desmitificar lo anterior, pero me parece que basta para comprender la distinción planteada por Hart.

Perdón si me pierdo en mis asuntos académicos, pero ya llego al fondo del tema: siempre he pensado que se necesitan dos cosas para hacer que el mundo cambie, pasión y confianza. Napoleón, Mandela, Castro y Luther King lo sabían: si consigues que los demás confíen en ti y crean en aquello que planteas, podrás llegar muy lejos, porque alimentarán tu espíritu y tú el de ellos. En nuestra pequeña escala política mexicana tenemos también ejemplos y seguimos -los verdes, azules, rojos y naranjas- a nuestros líderes por esa mezcla de factores. Por supuesto, de otro lado y a menor escala aún, en las empresas pasa más o menos lo mismo: si lo único que las guiara fuese el dinero, pronto serían una más del montón; las grandes compañías, esas que consideramos ejemplo, alimentan ambos factores.

La pregunta es qué sucede cuando alguna (o las dos) se extingue(n). Bueno, algo similar a lo que sentí el día de hoy en una reunión a la que asistí, o a lo que le pasa cada día a más mexicanos con el señor Peña Nieto: que no dan más ganas de seguirlos porque perdieron su pasión y perdimos la confianza en ellos; no les tenemos más confianza, ni por el lado de la fe, ni por el de la credibilidad.

Ay de aquella compañía, pareja, emprendimiento, grupo, partido político o persona que pierda la pasión y confianza de sus sujetos o seguidores, porque es casi imposible dar marcha atrás: la espiral descendente se acelera y a menos que se realice una acción que muestre una verdadera vuelta de timón, el movimiento (relación, empresa o equipo) termina por morir.

A quienes estuvieron en el mismo lugar que yo el día de hoy, les dejo esta reflexión; y al señor Peña Nieto, que cae estrepitosamente -cual vil moneda latinoamericana en su paridad frente al dólar-, le garantizo que si no hace cambios radicales que comiencen por él, su gabinete cercano, la devolución de los desaparecidos, el giro en el modelo económico o el alto a la represión que alimenten la confianza y pasión de algunos, pronto se quedará solo.

Sí, Pacino (o su guionista), tenía razón: lo que se rompe no se pega.

NOTA al 26OCT2016: Después de pasear un poco por mi libreta de notas, encuentro que la frase viene de la película "The insider", traducida al español como "El informante" (aprox 2000). Después de verla de nuevo me encuentro con la frase original: "What got broken here, doesn't go back together". Minutos finales de la película, seguidos de Massive Attack. Ese era el Pacino de los 90's